El día que conocí al hombre acusado de atentar contra la vida de Trump
A menudo se acurrucaba frente a las banderas conmemorativas de los caídos en la guerra plantadas en el césped de Maidan Nezalezhnosti, la plaza principal de Kiev; Ryan Routh, el hombre detenido el 15 de septiembre acusado de intentar asesinar a Donald Trump, ex presidente de Estados Unidos y candidato republicano a las elecciones de noviembre.
Me fijé en él, durante mi viaje a Ucrania, porque a diferencia de los familiares, los amigos y quienes pasaban por ahí, silenciosos o con la intención de rezar, él siempre parecía ocupado. Y en los últimos días, cuando su fotografía rebotó por todos los medios internacionales, un foco se encendió en mi cabeza. Era un rostro que ya había visto antes. Pero, ¿dónde?
El primer encuentro
Lo vi por primera vez el 3 de junio de 2022, llevaba un día en Kiev y, al pasar a su lado, se abalanzó sobre mí y me detuvo, señalando mi acreditación de prensa. Me llamó la atención su manera de actuar: se levantó de repente, nervioso, acercándose demasiado y con los ojos muy abiertos. Me preguntó de dónde era y me dijo que estaba allí «para luchar». Luego se quejó: «nadie mantiene las banderas en orden. Nadie cuida de las banderas. Son soldados, merecen respeto».
La gente se detenía ante las banderas lo justo para rezar, a menos que fueran familiares portando la nueva bandera de otro caído. En aquel momento, no sabía el nombre de quien se ganaría los titulares como la segunda persona acusada de intentar asesinar a Trump. Viéndole de reojo, la ropa de Ryan era bastante absurda: una camiseta con inscripciones manuscritas, presumiblemente con rotulador, alabando la guerra y la victoria de Ucrania sobre Rusia.
Al observarle, daba la impresión de estar muy angustiado, como si alguien le hubiera encargado una tarea y él la llevara a cabo con celo. Su forma de moverse, nerviosa, rápida, entrecortada, como de alguien que realmente no tiene tiempo para nada más, me hizo pensar. Cuando retrocedió ante las banderas, le seguí con la mirada durante un rato porque me intrigaba.
Después de un larguísimo viaje en autobús por Ucrania en el que vi, casi por todas partes, gente, casi exclusivamente hombres, vestidos de tal manera que hacían pensar que eran militares y, en cambio, eran aspirantes a militares, aquel sujeto excesivo no era tan diferente de todos los demás. Lo peculiar era que estaba de pie en la plaza principal de la capital, arreglando las banderas de los caídos, retocando la hierba del césped, hablando consigo mismo. Seguí adelante, pero mientras tanto le fotografié.
La segunda vez
Siempre me preocupó el lado humano de la guerra en Ucrania: la gente, cómo pueden coexistir tantos sentimientos encontrados, cómo se puede ir de compras o tomar un aperitivo mientras suenan las sirenas antiaéreas; se puede, uno se acostumbra a todo. En los días siguientes, le vi sentado en el pequeño muro en los momentos de tranquilidad y atareado ante la llegada de una nueva bandera.

